Hay una escena que todos hemos vivido. Recibimos un paquete, una tarjeta o un catálogo y, casi sin darnos cuenta, pasamos los dedos por el papel. Es un gesto instintivo, el tacto busca texturas y el cerebro empieza a sentir algo. Cuando recibimos un mensaje físico, ponemos más atención. Notamos que ha habido una elección, un esfuerzo para imprimirlo y hacerlo llegar. Y este esfuerzo despierta curiosidad y emoción. No solo vemos un mensaje, sino que lo sentimos y lo entendemos.
Vivimos rodeados de pantallas y hacemos scroll sin cesar. Todo es fugaz, intangible e inmediato. Pero cuando tenemos una pieza impresa entre las manos la mente se activa de una manera diferente. Con el sonido de una hoja al girarse, con el olor de la tinta, con el diseño de la portada… todos estos detalles construyen recuerdos.
La conexión emocional de lo físico
Cuando cogemos una pieza impresa, el ritmo baja. Miramos con más calma, con más atención. Y esta pausa tiene mucho valor en medio del ruido digital, nos ayuda a concentrarnos, a retener, a sentir.
La neurociencia ya lo ha demostrado, como Anne Mangen de la Universidad de Stavanger en Noruega. Uno de los efectos, sostiene Mangen, es que el texto digital hace que leamos “de una manera más superficial, menos centrada”. Hay otros efectos, pero éste es de mayor alcance. Mientras que la lectura “superficial” a través de la pantalla sirve para fines bien determinados, cuando se trata de leer textos complejos y de interpretar, analizar o incluso resumir, es necesaria una lectura más lenta y profunda en soporte físico.
O como Maryanne Wolf de la universidad de California (UCLA). Autora de “Lector, vuelve a casa” donde cita a Calvino, Rilke, Emily Dickinson y T. S. Eliot, entre otros escritores, para respaldar su afirmación de que la lectura profunda fomenta la empatía, la imaginación, el pensamiento crítico y la autorreflexión. El desarrollo de la «capacidad de análisis crítico y el juicio independiente», argumenta convincentemente, es vital para la ciudadanía en una democracia, y le preocupa que la lectura digital esté erosionando estas cualidades.
El tacto nos ayuda a entender y retener mejor. Es como si el cerebro dijera: “Esto es real. Esto tiene valor. Esto es bueno”. Antes de hablar o de escribir, tocábamos. El tacto es nuestra memoria más antigua. Quizás por eso recordamos mejor una textura o un olor que una imagen en la pantalla.
Lo tangible también es sostenible
Actualmente, además el sector papelero ha hecho un gran paso adelante en innovación, sostenibilidad y eficiencia. Hoy, la mayoría de los papeles provienen de fuentes renovables, y más del 75% se recicla. Las imprentas trabajamos con procesos cada vez más limpios, buscando reducir al máximo el impacto ambiental. En cambio, a menudo olvidamos que el mundo digital deja una huella ecológica importante, ya que requiere mucha energía, hace un uso intenso de los recursos hídricos y depende de minerales escasos que generan grandes cantidades de residuos.
Por eso, muchas marcas están volviendo al soporte impreso. Aquello que puedes tocar, conecta. De hecho, varios centros académicos finlandeses y suecos apuestan por el retorno del libro en papel, poniendo freno a la digitalización total de las aulas. El cerebro, sencillamente, lee mejor sobre un soporte físico creando una conexión real. Cuando el cerebro puede sentir, también puede creer. Y aquello que perdura no es lo que vemos de pasada, sino lo que deja huella en las manos.
Para SPM360 la impresión es el punto de partida de una experiencia viva.

